viernes, 9 de febrero de 2018

Carnaval de las promesas no cumplidas. Sobre la fiesta de Momo 2018.

Carnaval de las promesas no cumplidas
Reflexiones en torno a la fiesta de Momo


Repensar el Carnaval, comprender los cambios sufridos por su espectacularización, visibilizar a sus hacedores y recorrer algo de su historia es la apuesta de este texto. También, un disparador para discutir qué tipo de política queremos para “la fiesta más popular”, y cuáles son las imágenes –a menudo frustrantes– que del presente y de nosotros mismos nos devuelve.






                                   Llamada espontánea en el conventillo Medio Mundo, el 3 de diciembre de 1978 Foto: Héctor Devia - Casa de la Cultura Afrouruguaya









Empezó el carnaval, y la fiesta y las tradicionales polémicas que aportan sus propuestas son acompañadas, sino desplazadas, por acaloradísimas discusiones en torno al concurso, las políticas públicas los derechos y ganancias económicas, la “corrección” política, la relación entre gobierno y los empresarios, y entre estado y mercado, y hasta la propiedad del escenario máximo del carnaval.

La dinámica del escándalo en las redes, que hoy pauta el ritmo de los debates culturales, les quita escucha y razonabilidad a las discusiones, profundizando el otro factor que arma el entrevero: la crisis de la crítica cultural. “Cultura de izquierda”, “hegemonía cultural”, “contracultura”, son términos que, quebrados en mil pedazos, no están ayudando demasiado a pensar el carnaval. Y tampoco a experimentarlo. La polémica suele presentar como voceros a un bajo porcentaje de sus hacedores, y siempre a los mismos. Se pierde historicidad y todo el mundo grita ¡tradición! Pero nadie sabe bien qué significa.
El carnaval de 2018 se inaugura con el presidente Tabaré Vázquez pidiendo por tevé al intendente Daniel Martínez (de su mismo partido) que regale el Teatro de Verano a Daecpu. También con el anuncio del reemplazo del Concurso de Reinas por el de Figuras del Carnaval; los caballeros contra la corrección más comprometidos que nunca con las murgas y su libertad de expresión (eso sí, que no se pongan muy panfletarias); enojos por la prohibición del uso de serpentinas y spray; profesionalización y mediatización de una expresión “popular” que busca exhibirnos civilizados, actualizados, y divertidos. La crítica encuentra su válvula de escape una vez por año y el amor al color de los uruguayos también.

El carnaval es alegría y también ha sido un espacio de resistencia y crítica irrespetuosa de las clases populares a los poderosos. ¿Cómo evitar que se transforme en lo opuesto? ¿Cómo organizar un pensamiento colectivo sobre los sentidos del carnaval? ¿Cómo hacerlo ante la necesidad de desprivatizar la fiesta a través de políticas públicas, pero también de prevenir la cooptación de lo popular a través del estado y los empresarios?
Históricamente el carnaval ha sido polémico por criticar la realidad, por oponerse con los cuerpos a la sumisión, por cantar, pensar, bailar sin pedir permiso. Sin embargo, la mediatización del carnaval –que empujó con fuerza la crecida de la competencia y la privatización– indica que hoy lo que más está en disputa es quién tiene la palabra, las tablas y los premios, quién puede hablar, quien escucha. “Esto es carnaval, si puedo hacerlo yo lo puede hacer cualquiera”, canta la Mojigata en su despedida, como para que se encienda en la cabeza algo que ya sabemos.

Mientras los espectáculos de todos los rubros alcanzan niveles de producción y profesionalismo cada vez más altos, sin los que no podrían llegar al Teatro de Verano, cierto entramado más espontáneo y amateur de hacedores va quedando en segundo plano. 

Tener que elegir (o ya haberlo hecho) entre una estética y técnica refinada o la anchura de la base social que hace el carnaval (y no sólo consume), parece una disyuntiva trágica. La admisión está en las pruebas. Y la competencia no sólo se da en el escenario.
Si el carnaval ha sido resistencia y crítica a la ideología: ¿cómo se planta ante la ideología subyacente, que implícitamente acaba por organizar su concurso, recursos y formas de acontecer? El carnaval ha sido siempre política y cultura; ética y estética: ¿qué lugar tiene en los debates sobre arte y sobre las políticas públicas que se orientan a él?
Si junto a las políticas de género -que exigen autocrítica del carnaval a su ideología e idiosincrasia- el problema de la libertad de expresión volvió a las murgas, lo hace ahora sobre el escenario de un carnaval selectivo, excluyente, y amplificado infinitamente a través de hordas virtuales.

La reiteración de la idea de que el carnaval es la expresión popular nacional por excelencia es incluso nociva si oculta que su mediatización está privatizada (y eso afecta su creación), que la identidad nacional, y en particular la de la izquierda, está en crisis, y que quienes le ponen el cuerpo al carnaval ceden una plusvalía cuyos dividendos no ven ni en figurita. Uruguay for export.

La idea de fiesta del pueblo también oculta que la mediatización del carnaval y su profesionalización ya no permiten tratarlo como un fenómeno espontáneo donde el pueblo se expresa libremente. La dimensión participativa y corporal de la fiesta se retrae y se acomoda frente al televisor, los conjuntos que no logran sponsors o el malabarismo económico autogestivo, o que apuntan a procesos creativos menos disciplinados, no llegan al “nivel” ni al despliegue de recursos necesarios para competir con los grandes. Entonces, expresión del pueblo sí, pero con prueba de admisión y derechos de imagen que no cobran los trabajadores. Fiesta del pueblo sí, pero también espectáculo con el poder semiótico y económico que entra en juego. Fiesta de todos los barrios sí, pero al espectáculo completo se lo ve en el Teatro de Verano o en VTV con producción de Tenfield, como quien ve competir en MasterChef o en el Bailando de Tinelli. Todo el mundo opina y se indigna, contentándose con la versión grabada de un acontecimiento que trasciende, y mucho, a un concurso y dos desfiles por año.

La crítica y la comicidad que siempre estuvieron juntos en Carnaval son cada vez más reemplazados por originalidad, espectacularidad y buenas voces. El candombe es coreografiado en danzas complejas y exigentes que, en busca de cuerpos perfectos, va diluyendo la experiencia de libertad que pulsan chico, piano y repique. (Recuerdo mientras escribo los años que salí bailando en las llamadas, en las horas y horas de ensayos y en cuánto me frustraba no poder colgarme a bailar sola o con gente porque “me salía del la coreografía”. Tanto que dejé de salir).

Expresiones como la murga y el candombe no son en sí edificantes por sus cualidades estéticas (si bien las tienen) sino por nacer de actos de resistencia: a la censura de la dictadura, a la esclavitud de los negros. Su prioridad no es lograr la excelencia formal-estética; en tanto expresiones subalternas se mueven por el deseo de rebelión y la insolencia contra el poder. Lo complicado es que el poder está más que nunca en todos lados e inclusive logró docilizar a los cuerpos irreverentes de los carnavales de otrora.


MÁS MUERTAS QUE UN FARAÓN. La complejidad del carnaval aumenta al pensarlo como una tradición. Su narración y su administración se disputan entre quienes se consideran sus legítimos representantes y hacedores. Por una parte, el estado que elabora políticas públicas y medidas orientadas a su puesta en valor y conservación patrimonial. Por otra, la rivalidad entre sus “dueños” y protagonistas (cada vez menos organizados en familias y más en empresas o personajes de la farándula uruguaya), que además del negocio, o en nombre de él, se disputan los relatos sobre sus orígenes y sentidos. Así, nuevos formatos y recursos se mezclan con viejas lealtades e historias. El carnaval es un diálogo permanente con la realidad, y sus interlocutores no han parado de cambiar.
Sin embargo, todos sabemos lo que le pasa a una tradición cuando no logra dialogar con los cambios. Es conocida también la operación por la cual “la tradición” es apropiada por el status quo público o privado, y que en esos raptos las versiones de su “identidad” se van lavando y estabilizando. De poco sirve una vidriera identitaria si exhibe contradicciones, inestabilidad, evanescencia, y en ese sentido el carnaval no rinde: salvo que se pueda emprolijar.

Mientras esa tentativa avanza y algunos se resisten a los cambios (renunciando a participar o dando la pelea desde adentro), viene bien recordar que el carnaval uruguayo es más que nada eclecticismo y reinvención; una mezcla entre lo europeo y lo afro, entre lo tradicional y lo nuevo. Una celebración de nuestras contradicciones, risa y melancolía, calenda, naciones, lubolos, Cádiz, Mazumba de la Selva, Brasil, sus orixás y sus mulatas de fuego, símbolos musulmanes en África, Reyes Congo, bantú, chico y bambula, el periódico Raíces, "Milonga Nacional”, candombes del olvido, Línea Maginot, el exceso y la droga en la calle, pueblo ingenio y risa, la liberación de lo sexual, el judas prendido fuego, lo catártico y lo sanador, cultura afrouruguaya, lo público y lo íntimo, lo que construye destruyendo, lo grotesco y lo burlesco, lo negro y lo blanco, la puesta en escena de invisibilidades sociales, la evocación de Montevideo en la historia y la tradición, o como dice Daniel Vidart; la fiesta de una diosa travestida (Momo), un diablo (Arlequín) y un muerto (Pierrot). El carnaval es desborde, exceso; el gramillero alucina con las yerbas que contiene su valija, el escobero es quien espiritualmente abre con su danza los caminos, las banderas son trofeos de Naciones.


QUE EL LETRISTA NO SE OLVIDE. Testigos vivos de la mutación cuentan que antes a las comparsas se les decía llamadas; que el desfile no era de 15 sino de 25 cuadras y sólo 8 comparsas, que demoraban de 6 a 8 horas, con parada para templar en el medio. Los tablados eran de bloques y se respiraba olor a choripán; había personajes que no cabían en ninguna categoría. La censura venía de los malos (sin matices). Las vedettes eran también activistas y escritoras, referentes de la comunidad. El gramillero representaba al esclavo a quién dejaban salir los 6 de enero y desfilaba con la ropa prestada del amo. Los tambores no usaban tensores y arruinaban por su peso no sólo las manos de sus tocadores sino también sus riñones. Los seguidores de conjuntos iban por los barrios con sus preferidos, y de boca en boca se comentaba el espectáculo que “este año no te podes perder”. Los relatores no existían y esa menor información hacía de la fiesta algo más anónimo, menos especializado. Hubo llamadas en años de dictadura en que algunas comparsas se negaron a tocar frente al palco oficial, y algún año en que la primera cuadra empezó a ser regulada sin más y hasta el día de hoy por familias negras. No existía la “visión global” y lo esencial estaba en dos o tres elementos. Había menos famosos de afuera y más personajes del adentro. Se conocían menos los historiadores y más los que hacían historia. La amargura sostenida del uruguayo era liberada para hablar de los temas más profundos entre máscaras, cabezudos y cornetas.

Es decir, desde que empezó a existir, el carnaval empezó a cambiar. Y en todo caso, si nos vamos a poner nostálgicos hay otras cosas a añorar que reírse de “las minas y los putos”.
El carnaval de cada época respondió a las sensibilidades y a las luchas de la sociedades de su momento, y el amor a las supervivencias no borran el amargo adjunto al dulce cantar carnavalero. Como con toda tradición que se transforma con el tiempo, el trabajo a hacer es revolver en las ruinas para ver qué de lo que había necesitamos hoy.
Nos queremos seguir riendo y excediendo en carnaval. Pero la contraposición entre la política (o la izquierda) y la risa es un (falso) dilema que ausente de su historia, caracteriza a esta etapa del carnaval o de nuestra sociedad; un antagonismo formulado ideológicamente que pide libertad para discriminar pero se preocupa poco por asegurarla para la expresión y el disfrute del carnaval por parte “del pueblo”. La disidencia sexual siempre fue parte del carnaval pero ahora parecemos estar ante el caso del “puto que asusta”, en términos de Capusotto. Y asusta porque ya no se banca cualquier cosa con tal de ser parte; ya no es el puto de antes.

Diferentes propuestas que me ahogaron de la risa muestran que el problema es más bien de quien no encuentra la gracia sin el “puto”, de quien dice que sin la discriminación como gracia no se puede. Ante los señores indignados por la reducción de sus privilegios (o su cuestionamiento), lo que parece es que a los representantes oficiales del carnaval del presente se les oxidó la capacidad de reírse de sí mismos, de dialogar con las transformaciones sin caer en el resentimiento por lo que ya no. El asunto preocupa porque si las posturas conservadoras -del carnaval de antes y los machos de siempre- triunfan, habrá que decretar que el carnaval por primera vez en su historia está viejo.

Lo popular y lo crítico aún viven en el carnaval, pero bastante baqueteados.

La tradición ha ido cambiando y lo seguirá haciendo: ¿quien dirige y hacia donde se orientan sus transformaciones? Si miramos a sus formas de producción y sus objetivos, lo que le era ajeno –la búsqueda de excelencia técnica, el profesionalismo, la distancia entre especialistas y consumidores– ya no lo es. ¿Cómo analizarlo entonces? ¿Desde los estudios culturales, la cultura popular, la historia uruguaya, la política de los cuerpos?
Mirar al carnaval como acto performativo donde se expresa en cada puesta lo que “somos como país” es matar a fuerza de solemnidad y realismo la naturaleza lúdica, paródica y sarcástica del tipo de “representación” que es. En el otro extremo, mirarlo como un espacio de libre expresión no mediada, donde la política “no debería meterse”, es negar oportunistamente un aspecto reconocido por todos: el carnaval es aparición en el espacio público, definición básica de la política. El carnaval es también un obrero fundamental de nuestras sensibilidades colectivas. ¡No lo explotemos!


LO POPULAR EN DISPUTA. Se discute mucho sobre los cambios que podría traer la intervención de políticas culturales de género al carnaval, pero demasiado poco sobre las transformaciones que implicó su creciente profesionalización, competitivización, mercantilización de su carácter “popular”. Las letras de los espectáculos dan cuenta de la desorientación del carnavalero que ahora le canta por tv a un público más cheto-progre que no quiere oir hablar de pobres, ni a su cultura groncha.

Si bien en el presente hay cuerpos que resisten la neoliberalización del carnaval, insisten en su carácter de fiesta y experiencia, y aún hay tablado de barrio y Ronda Momo, su mediatización ha centralizado su acontecer en el programa de la tele. La función crítica o liberadora que son la esencia del carnaval es un hilo narrativo que rinde en las páginas del Ministerio de Turismo o de la Unesco, pero no está en la esencia del carnaval sino en las prácticas de su gente y necesita espacios para mantenerse viva. La excesiva organización de los cuerpos y los discursos por el progresismo (ese curioso proceso por el cual la izquierda partidaria se convirtió en administrador del régimen neoliberal y agente disciplinador) es un peligro para el carnaval. La patrimonialización de expresiones populares como el tango o La Cumparsita, afecta también al carnaval y, aunque se presenta con la intención de preservarlas, puede tener un impacto represivo sobre manifestaciones que no siempre hacen coincidir la función crítica con la edificante. Pero el estado no está solo. Apoyan este espacio los socios capitalistas.

Si por un lado los carnavaleros se quejan de los cambios aportados por el gobierno municipal en su administración de la fiesta, también el reinado de Daecpu ha sido nefasto no sólo en términos de contenido, también en la aceleración del proceso de conversión del carnaval en un negocio, cuya comercialización, adaptación al concurso, y creciente competitividad es igualmente sufrida por ellos.

Las transformaciones que trajeron Tenfield y Daecpu empujaron al carnaval desde precipicio de lo popular al vacío de la cultura de masas. La empresa que tuvo desde sus inicios la meta de constituirse como representante oficial del nacionalismo, visualizando rápida y lucidamente el vacío de políticas e ideas sobre la cultura nacional, ha sido experta en apropiarse los beneficios que el abordaje marketinero del nuevo uruguayo ha chorreado generosamente en los últimos años.

El Gran Evento televisado “para todo el mundo” –las llamadas, el teatro de verano– parece llevar a más gente la vivencia, pero termina por secuestrar el sentido del carnaval, produciendo unidades mediáticas e infinitamente reproducibles en la televisión e internet, que generan derechos de autor que no ven sus protagonistas pues Tenfield y Daecpu son detentores de los mismos. Los paralelismos con el fútbol son evidentes,y sería deseable que ante este panorama naciera un “Más unidos que nunca” carnavalero.


EL TREN DE LOS SUEÑOS. Que el carnaval sea un núcleo de condensación y visibilización de procesos colectivos e identitarios que se sostienen todo el año no puede hacernos olvidar que no hay zoom in de las cámaras que nos ayude a entender todo lo que sucede ahí.

Es importante discutir sus aspectos simbólicos y políticos, intelectualizarlos como tradición y como espacio discursivo de la cultura, pero si se pierde la dimensión experiencial –es decir como viven los cuerpos el carnaval– quedémonos solo con el Museo.
Cuestionar de qué y de quiénes nos reímos y quien es dueño del carnaval, es también ser fieles a un espíritu crítico y de crítica ideológica a los poderosos. Censurarlo en nombre de “la tradición” implica intentar que una expresión cultural que está viva no tenga contacto con transformaciones profundas que se están dando (como el avance del feminismo). Censurarlo por hacer manifiesto lo latente – a menudo aberrante – en nuestra sociedad es también mutilar una de sus principales funciones.

Quizás en vez de seguir inflando la competencia, la “forexportización” y patrimonialización del carnaval, podríamos discutir qué tipo de política para el carnaval queremos y también cuáles son las imágenes – a menudo frustrantes – que del presente y de nosotros mismos nos devuelve el carnaval.

¿Cómo se hace para que sus hacedores puedan ver beneficios en caso de que aceptemos su comercialización? ¿Cómo se hace para desacelerar la competencia que cada año es mayor? ¿Cómo se lidia con los niveles profesionales de exigencia en formas de producción con economías amateurs? ¿Cómo afecta la vida al carnaval y viceversa? ¿Como hacemos para que el carnaval sobreviva pero no como espectáculo, sino como experiencia? Que la pasión de carnaval haga a los cuerpos querer salir a la calle a moverse y a encontrarse. Quizás por ahí y con un poco más de escucha y autocrítica, logremos darle en la clave.


Lucía Naser 

Publicado en Brecha 9/2/2018


viernes, 22 de diciembre de 2017

Marea alta. Sobre las ¡Alertas Feministas! y una ola que crece

Marea alta
Sobre las alertas feministas convocadas por la coordinadora de feminismos
La manifestación como denuncia y como ritual de transformación colectiva


* Versión expandida de la publicada en Brecha el 22/12/2017





Es jueves 14 de diciembre y para las 19.30 se convocó una ¡Alerta feminista! Pasó muy poco tiempo desde la última vez que los carteles, los parlantes y la gente llegaron a la plaza Cagancha, punto de encuentro y de partida. Otra vez la noticia desgarradora. Otra vez el nudo en la panza, la asfixia en la garganta y el llanto en los ojos. Otra vez nos roban la vida. Otra vez una mujer.”1

Araceli Umpiérrez, de 53 años, asesinada a puñaladas por su ex pareja Víctor Cruz, que luego se suicida.”2 Las alertas feministas nombran sus muertas, hacen vivo al grito, nombran los asesinos, escrachan a la indiferencia. Por su dramaturgia y sus características son una mezcla de manifestación de rechazo, denuncia, expresión guerrera y ritual en femenino de duelo colectivo. A unas cuadras de la plaza, media hora antes del inicio, un grupo de mujeres levantan los materiales que luego se utilizarán: carteles con los rostros y los nombres de las mujeres asesinadas este año, cuerdas, bombos, hojas con la proclama, pinturas para la cara, parlantes. La alerta es convocada uno o dos días luego de que sucede el asesinato de una mujer. Este año van 34 en Uruguay, la gran mayoría a manos de sus parejas. La temporalidad de las alertas sigue el ritmo de los asesinatos y al mismo tiempo exige de los participantes abrirse a la interrupción, suspender lo planificado para ese día, salir a la calle en vez de cambiar de canal para ver alguna otra crónica roja no tan sangrienta o quizás menos “familiar”.

Al comienzo de las alertas feministas, mientras la gente se va juntando, suena música, como diciendo: esta lucha también necesita de canciones en voces de mujeres. Mujeres y también algunos hombres se van arrimando, otros pasan curiosos y llegan a dilucidar algo al ver los carteles. Algunas se pintan, otras comentan sobre el poco tiempo que pasó desde la última vez, otros fuman en círculos sentados en el piso. Los asistentes son mayoritariamente jóvenes. Son las 20.30 y el caudal de gente ya es suficiente para cortar una de las sendas de 18 de Julio. Armadas de dos cuerditas, cuatro mujeres se plantan en medio de la avenida para cortarla. La caminata empieza y se acelera a un ritmo casi urgente, que diferencia a las alertas de otras marchas en las que la cadencia del tranco se torna sinónimo de la seriedad de la causa.

Y otra vez desde el dolor y la rabia, desde la necesidad de estar juntas, de apretar los puños, de construir confianza, de estar alerta.”3 Durante la caminata se escuchan canciones: Y tiemblan y tiemblan y tiemblan los machistas, América Latina va a ser toda feminista”, Mujer, escucha, únete a la lucha”, o ¡Tocan a una, tocan a todas!”, ¡Pija violadora a la licuadora”, Se va a acabar, se va a acabar esa costumbre de matar”, Y ahora que estamos juntas y ahora que sí nos ven... Abajo el patriarcado, se va a caer, se va a caer”, Ay si te agarro, ay si te agarro. Ay si te agarro violentando, te escracho; autodefensa feminista contra los machos”, Alerta ¡aleeeeerta, aleeeeerta, alerta!, alerta que caminan mujeres feministas por América Latina. Y tiemblan, y tiemblan, y tiemblan los machistas, que toda Abya Yala va ser feminista”. Algunas de ellas son acompañadas de acciones como acostarse en el piso y levantarse despacio, acelerar el paso o parar de golpe, gritar al unísono, el ¡Uuuuuu!” tribal, o el Tocan a una...” de una, respondido por el tocan a todas”.

El trayecto va hasta la Plaza de los Treinta y Tres y ahí los cuerpos cobran otra organización, como de acto pero sin acto, como de discurso pero de cuerpos. El colectivo de las alertas ha inventado su ritual y es tan político como coreográfico. Aún en la avenida, entre la explanada del Brou y la plaza, todo un guión de acciones se sucede. Lo primero es la apertura de un círculo, disposición poco frecuente en las marchas, donde tanto el punto hacia el que se avanza como hacia donde se mira propone un frente único. La circularidad es un rasgo femenino presente en las alertas. La danza también. Una vez la marcha convertida en ronda, una cuerda se tiende en el piso delimitando un área central hacia la que todas miramos. Comienza la lectura de los 34 nombres y las formas de muerte de las mujeres asesinadas en lo que va del año: quién la mató, cómo, con qué arma, había denuncias que adelantaban que eso sucedería, mató también a sus hijos, se mató después, mató con su arma de reglamento, mató porque lo había denunciado, la mató aunque lo había denunciado. A cada nombre y muerte una mujer entra al círculo y se tira al piso, poniendo el cuerpo por esa otra que no está. El círculo se llena. Una vez concluida la lista, las mujeres del piso toman la cuerda que hasta entonces sirvió de cinta delimitadora tipo forense (o símbolo de la sujeción) y se van poniendo de pie y convirtiéndola de cadena a lazo que une, mientras repetidamente se recita: Que el dolor se vuelva rabia, que la rabia se vuelva lucha, y nuestra voz grito”. Las voces se organizan para pronunciar juntas este mantra político de transmutación de la fragilidad en fuerza, y luego para la lectura de la proclama que, a diferencia de un acto tradicional, no es hecha por una vocera sino por todos los participantes al unísono. Aunque participan hombres de la marcha, el protagonismo de este acto es femenino. La voz se vuelve grito.

Tras la lectura empieza el abrazo caracol, otro icono de las alertas: Somos las nietas de todas las brujas que nunca pudieron quemar”; la frase es repetida incansablemente como un eco del pasado que nunca va a parar de sonar. De la mano y de a una se suman mujeres a una danza circular concéntrica que termina apretándose en un centro lleno, donde la proximidad permite apoyarnos en los cuerpos de las otras, sentirnos el olor, el llanto y la voz quebrada en el grito. Con las manos dadas y en alto la frase se repite: Somos las nietas de todas las brujas que nunca pudieron quemar”. El canto explicita la ancestralidad de la opresión a las mujeres, los eufemismos dados para justificar la muerte: desde la Inquisición contra las brujas hasta la denominación “crimen pasional”, la historia está llena de intentos de blanquear el asesinato de mujeres que no acataron las formas y obligaciones del universo patriarcal. Somos las nietas de todas las brujas que nunca pudieron quemar.” Este instante dura como máximo un par de minutos pero se siente como un rito de transformación vital-vitalicia, sobre todo si se vive desde adentro. Desde adentro pienso que nunca antes experimenté la comunidad política en femenino. Miro a las compañeras cantando, algunas con los párpados entornados, otras con los ojos bien abiertos, algunas apretando fuerte las manos de las otras, otras llorando; en este círculo sólo somos mujeres. Todas libres, todas juntas, todas libres, todas juntas”; este canto sucede al anterior y su aceleración agita los puños y despega los pies del piso para dar lugar a un pogo feminista, apretado, abrazado, algo torpe y brusco como es el amor resistiendo al odio. Nos sostenemos y agarramos, nos pasamos las lágrimas de mejilla a mejilla. Desde ese dolor aquí estamos otra vez, y estaremos mil veces hasta que seamos libres.”4

LAS MOVILIZACIONES Y SUS TIEMPOS. Las alertas feministas tienen como característica una temporalidad ceñida a los asesinatos de mujeres. A diferencia del 25 de noviembre o del 8 de marzo, ni su planificación ni su convocatoria pueden ser hechas con antelación. Las alertas apelan a cierta percepción de urgencia, de interrupción, de desvío de los acontecimientos, de que es imposible seguir la vida “normal” mientras mujeres mueren a manos de sus parejas.

En Uruguay la ola feminista viene creciendo. La adhesión multitudinaria al paro y las marchas del pasado 8 de marzo, caldeadas por el fallo de la jueza Pura Book; la potencia de la del 3 de junio convocada por Ni una menos y con la noticia reciente, por entonces, del caso de las niñas muertas quemadas en un incendio en Guatemala, la internacional y festiva del 25 de noviembre por el Día Contra la Violencia hacia las Mujeres, la ¡Alerta Feminista! por Brissa que se organizó de urgencia ese mismo día, son hitos de una serie que, si por un lado es trágica, intolerable y necropolítica, por otro expresa una lucha cuyas apariciones son cada vez más fuertes y frecuentes en el espacio público y privado de nuestras vidas.

Además y solo en 2017: el 3 de octubre el senado sancionó por unanimidad el delito de femicidio; el 12 de setiembre se realizó el Encuentro de Feministas Desorganizadas, convocadas por redes sociales;  del 3 al 5 de noviembre se hizo el primer Encuentro de Mujeres del Uruguay (EMU); del 23 al 25 de noviembre montevideo fue sede del 14º Encuentro Feminista Latinoamericano y del Caribe (EFLAC); el 13 de diciembre se aprobó la ley del gobierno sobre violencia de género contra las mujeres; al 19 de diciembre murieron por violencia de género 34 mujeres. Los colectivos feministas también se multiplican: Mujeres en el horno, Coordinadora de Feminismos, Célica Gömez, Minervas, Mizangas, Feministas en Alerta y en las Calles, Paro Internacional de Mujeres, Cotidiano Mujer, MISU, Mujeres de Negro, Ni una menos, La caída de las campanas, Decidoras desobedientas, Feministas antiespecistas.

Sin duda el movimiento feminista crece en Uruguay, aunque no es nuevo ni estrictamente nacional. La lucha feminista por América Latina no es sólo una canción sino una red que crece y se expande, que involucra a perspectivas ideológicas y tácticas diferentes, que consiguió hacer parar y sacar a la calle a millones de mujeres el 8 de marzo pasado; que sale de negro o de violeta; que consiguió hacer un paro masivo con adhesión de los “machirulos” del Pit-Cnt (señalando esas comillas las no menores polémicas que generó en la interna del movimiento); que busca todo el tiempo formas de manifestar, de prevenir, de dar herramientas a otras mujeres en situaciones jodidas.

Las diferencias entre los feminismos no son menores e involucran desde la relación con el sistema político hasta las posturas con relación al punitivismo. Los feminismos que rechazan toda forma de violencia y los que quieren “jugar al ahorcado”, los que planifican acciones y alianzas y los que rechazan toda forma de institucionalización y estabilización de las formas de lucha, los que creen en el lobby político y los que proponen la acción directa, los que buscan “educar” o sensibilizar a los hombres y los que quieren castigarlos, los que entienden que hay que rechazar sí o sí toda forma de violencia y los que creen que estamos inevitablemente atravesadas por ella. Estas tensiones hacen parte del movimiento y su heterogeneidad y plantean al feminismo como un campo que también está en disputa, aunque intentando articular sus diferencias. Diversas pero no dispersas”, como decía el lema del Encuentro Feminista de América Latina y el Caribe (Eflac). Evitar la dispersión quizás sea uno de los principales desafíos del feminismo, para que su multiplicidad no disminuya sino que alimente su potencia.

Alerta antes; antes del primer grito, del primer acoso, antes de que el cerco de violencia y muerte se cierre.”5 Lo cierto es que no podemos evitar la próxima muerte ni la próxima violencia, pero sí podemos sentir que la vida se intensifica al estar juntas, al gritar que si tocan a una nos lastiman a todas y a todos. No podemos evitar la próxima puñalada ni la próxima alerta, pero podemos percibir que el movimiento crece. Se habla de “marea”, y en vez de puños en alto se alzan manos haciendo olas. El feminismo no es sólo cosa de vaginas: nos metemos de lleno en la disputa por la vida, por los cuerpos. Nuestra violencia es decir no a la tentativa permanente de avasallamiento del poder. Las alertas feministas son hechas para impactar sobre la opinión pública pero sin duda su singularidad está en la capacidad de producir subjetividad militante, empoderamiento y solidaridad femenina, un mundo político donde la territorialidad machista es desplazada por flujos colectivos que aparecen y desaparecen, que encienden fogatas en la calle, que bailan para espantar a la muerte, que inventan sus propias canciones y ritos, que lloran a sus muertas abrazándose, sabiendo que la rabia es autodefensiva y que la búsqueda es de amor.

El feminismo lucha inherentemente en múltiples planos a la vez: no puede elegir entre la micropolítica o la macropolítica. Ni las movilizaciones ni la toma de conciencia ni la articulación colectiva ni las leyes pueden evitar el próximo asesinato (¿o sí?). Sin embargo son imprescindibles, y juntas promueven transformaciones que impactan en las formas de vivir, de amar, de hacer política, de coger, de salir a la calle, de pensar nuestras diferencias y nuestros horizontes en común. Las Alertas son una coreografía de movilización que anima a despertarse a un tipo de política que hace cosas que aún no sabemos.

Alerta para estar, para cuidar a la que se cae, para abrazar a la que no está pudiendo. Alertas para saber que juntas somos fuertes.”6 No todos festejan esta fortaleza; el feminismo es visto como peligroso por quienes adhieren al sistema actual de desigualdades y/o se incomodan con la exposición de sus privilegios. Pero no hay privilegio sin sometimiento y es por eso que el feminismo tiene también una contrarrevolución enfrente. Muestra de ello es el ataque constante desde el frente de los (y las) “incorrectos”, o la presencia de infiltrados policiales en las últimas dos alertas montevideanas, o la represión sufrida en Argentina y Brasil por manifestaciones feministas durante este año. Las dos últimas alertas tuvieron una particularidad. En la del jueves 7/12 - por el asesinato de Alison Patricia Pachon Toranza de 20 años por parte de su pareja apodado "kiqui" en el barrio Tres ombúes de Montevideo y solo dos días después de la realizada en nombre de María Noel Bourdín Díaz, de 30 años, asesinada por su ex pareja Miguel Maldonado, en la ciudad de Dolores. - unas algunas de las manifestantes declaran haber visto una mujer que portaba un arma y retrataba permanentemente a lxs manifestantes con su celular, acercándose también de tanto en tanto a un auto blanco que acompañaba a la marcha. El 14 nuevamente una mujer rubia, alta y de pelo corto se hizo presente sin dejar por un instante de filmar y fotografiar a las asistentes a menudo fingiendo sacarse selfies o cantar canciones que visiblemente no conocía. No es raro si consideramos que recientemente se conocieron listas de activistas fichados por redes de espionaje secreto del propio estado uruguayo.

Salimos a la calle porque sabemos que no son hechos aislados, porque sabemos que esta violencia es estructural y nos violenta todos los días.”7 Nombrar a los muertos, nombrar las luchas, escrachar al poder. En un momento en que el continente vive una afrenta neoliberal, autoritaria, represiva que muestra que nos atraviesan luchas en algún punto semejantes, el feminismo emerge como una lucha trasnacional e interclasista, en la que sin embargo son las mujeres pobres las más oprimidas por un capitalismo en alianza con el patriarcado.

La articulación internacional es clave para la construcción de feminismos latinoamericanos que dialoguen con otras luchas que actualmente atraviesan el continente, dándonos cuenta de que nuestra desintegración ha sido aprovechada por un poder neoliberal dispuesto al extractivismo más salvaje de nuestras vidas. Ante esto la relación entre el feminismo uruguayo y el argentino y el brasileño resulta clave. Ni Una Menos es uno de los focos de irradiación de este intento de internacionalización, y desde dicha organización ya se han comenzado a pensar acciones para los meses que vienen.

En conversación con Verónica Gago vocera del movimiento destacaba algunos ejes que está teniendo esta planificación. En primer lugar sobre el 8 de marzo de 2018 se maneja un “concepto del paro como proceso; se va tejiendo el paro a partir de acciones en distintas escalas, en distintos lugares, con organizaciones, muy diversas. La idea de pensar el paro con esta temporalidad supone correrse del paro como acontecimiento aislado y espectacular. Esto pone la pregunta de cómo se conectan modalidades de organización y de visibilización que tienen una fase más callejera y más masiva, con una dinámica organizativa que es más cotidiana y que tiene otra economía de visibilidad”. Sobre la internacionalización del movimiento Gago comentaba que en el presente “se está organizando y ampliando la red internacional y actualizando a partir de las coyunturas concretas en que los distintos países están luchando o protestando u organizándose. En el caso de Argentina, pero hemos constatado que no solo acá, la cuestión del ajuste, la crisis y el papel que están teniendo las finanzas en ese ajuste y en esa crisis es un tema que intentaremos profundizar. Nos interesa vincular la cuestión financiera con el precio de los alimentos y de los medicamentos y cómo estas cuestiones afectan de manera especial a las economías populares, en particular al modo en que esas economías tienen como protagonistas a las mujeres”. Otro de los ejes fuertes en torno a los que se están construyendo articulaciones tiene que ver con “la conflictividad que se organiza alrededor de lo que se viene llamando cuerpo-territorio y eso incluye conflictos sobre la cuestión de neoextractivismo y conflicto de tierras, la cuestión del aborto que es una problemática aún muy presente para toda américa latina, hasta las nueva formas de violencia que organizan estos conflictos por el cuerpo territorial”.

El deseo y la necesidad de luchar es enorme y se mueve como el gas: se mete en todos lados, traspasa los cerramientos y junta a los cuerpos, mueve plazas y contingentes, llega a la casa de quien nunca se pensó feminista ni oprimida, llega a los whatsapps y a las camas, es invisible pero igual pega, y fuerte. Somos los hijos de todas las luchas que nunca pudieron quebrar. Somos hijas de una historia de luchas y de un presente de sublevación y revuelta en América Latina. Por un momento imagino que contamos hasta 34 como en las marchas por los 43 normalistas desaparecidos en Iguala; me imagino en el congreso de Rio de Janeiro, donde hace poco grité y lloré con mujeres por la legalización del aborto y por el cuerpo de las mujeres pobres, y en cómo llegó la policía a intentar dispersar con gases pero tuvo que replegarse al ser enfrentada (verbalmente) por mujeres (algunas acompañadas de sus hijos); pienso en las mujeres indígenas de Bolivia o Ecuador con su ancestralidad revolucionaria corriendo en las calles y en las venas, en las mujeres palestinas y kurdas, en la lista de femicidios de este año en Paraguay y cómo al leerla aparece un macabro parecido de los casos entre sí y con los uruguayos, me recuerdo con la garganta ahogada por una angustia que al principio no me dejaba ni cantar pero que se ha ido volviendo fuerza en la sucesión de alertas, al ver que no estoy sola y que ellas tampoco lo están. La capacidad de cuidado que siempre está para otros la estamos disponiendo también para nosotras mismas. La solidaridad también. “Sororidad” es la palabra que viene a revertir demasiados siglos de vivir en función de un mundo organizado por y para los hombres. Estamos alertas y en las calles, estamos aquí y ahora, estamos para transformar. El amor nos guía y la rabia es la manifestación de su instinto de supervivencia. Vivas y juntas nos queremos. Dicen que el feminismo es violento: nuestra violencia es existir.

Lucía Naser





1. Consigna repartida y leída en la alerta feminista del 14 de diciembre en la plaza Cagancha, con motivo del asesinato de Araceli Umpiérrez.
2. Facebook de la Coordinadora de Feminismos Uy.
3. Consigna repartida y leída el 14 de diciembre en la plaza Cagancha.
4. Ídem.
5. Ídem.
6. Ídem.
7. Facebook de la Coordinadora de Feminismos Uy.




TEXTO EN BRECHA:




miércoles, 20 de diciembre de 2017

Violencia de navidad (visperas de mierda)

2017. No hay ni habrá felicidades ni felices fiestas.
Este diciembre está teñido de violencia que se multiplica cada vez que una vieja, un periodista, un senador o un joven facho le echa la culpa a "lxs revoltosos", esos eternos desconformes.
Nuestra historia de disconformidad: no nos adaptamos. Ni lo haremos.
Nuestra violencia es existir
Es querer existir.
Es negarnos al despojo actualizado. Las carabelas contemporáneas y sus especies financieras.
Nuestra violencia es poner nuestras cuerpas neoliberalizadas adelante de las reformas y de los búnkeres donde a puertas cerradas se define nuestro destino.
Son las compras de navidad a precios rebajados, los que compran la maqueta pasajera de un mundo colorido con olor a sidra y nuez. Nuestra violencia es que no podemos pensar en otra bengala que no sea la de la manifestación, la que viene con el grito y encuentra la bala como respuesta.
Nuestra violencia es saber que no podemos evitar la próxima violencia pero que la vida se intensifica y cobra sentidos al estar juntxs resistiendo. Nuestra violencia es que la calle ya no tiene nada que ver con lo “común” y que lo público se transformó en espacio sujeto a control y reglamentación policial.
La violencia no es una elección sino la condición de nuestra existencia. Nuestra violencia es salirnos del eje yoico y empatizar con los dolores que nos llenan de violencia. Nuestra violencia es odiar la injusticia; que nos duela la bala y también el dedo que gatilló siguiendo alguna orden o peor, siguiendo un deseo.
Es nuestra la violencia de que ya no haya un nosotros donde reconocernos y también que la existencia tenga cada vez más forma de mercadería.
Nuestra violencia es.
Nuestra violencia es que el silencio firma el pacto implícito que manda a los más vulnerables a la primera línea de fuego. Son los aromatizadores de la conciencia, el gas lacrimógeno del que inflan sus globos. Nuestra violencia es que en vez de transformación llegó cambiemos.
Nuestra violencia es creer que tenemos tanto más que perder; son hombres blancos vendiéndonos la libertad mientras se tocan la pija erecta por fantasías de poder. Nuestra violencia es la perversión de los mecanismos de visibilidad que nos exhibe logrando instantáneamente volvernos invisibles. Nuestra violencia es la semiosis del mundo devorando a lenguajes y traductorxs para cagar imágenes.
Nuestra violencia es la incapacidad de las imágenes de cruzar la frontera de la retina en un resplandor que nos mantiene encandilados. Es no haber aprendido a hacer política con el cuerpo; es la representación; es que nuestra producción de imágenes está encapsulada por un cerco invisible.
Nuestra violencia son los infiltrados, la desconfianza, el golpe bajo, la mentira oficial, las vísperas de lo que nunca llega, el gobierno por simulacro, los decretos de realidad.
Nuestra violencia es encontrarnos en la disyuntiva entre la insistencia ciega o la rendición con lucidez.
Son los titulares de los diarios, la tergiversación incontestable, la centralidad del centro, la forclusión del deseo, la censura de imaginarios sofocados por la realidad (imaginaria), la cartelera de fracasos que nunca nos margina. Violencia es la abstracción de las contradicciones, las soluciones liberales, la cultura para el trabajo, la unidad nacional y sus símbolos con manchas antiguas de sangre nueva, el odio al parecido, el miedo al diferente.
La gente que sale de las iglesias universales, el olor a meo de las veredas de las iglesias, el olor a nada de los chirimbolos de navidad, los préstamos en efectivo, los 50 minutos de informativo dedicados al shopping de la señora, al ritual de El señor.
Nuestra violencia es el miedo a nosotros mismos, son las cifras que nuestros presupuestos no- comprender, es quedarnos en casa cercando nuestra existencia en los metros cúbicos que el sueldo consiguió privatizar, es la privatización de la existencia, el sálvese quien pueda, es el "feliz navidad".
La violencia es. Percibirlo da un indicio de que queda amor abajo de alguno de los tejidos que la bala perforó, que el gas hizo temblar, que el grito convirtió en rabia, que el mantel de navidad intenta tapar pero aún así sangra.
Este diciembre el rojo de la navidad es el de la sangre de lxs compañerxs que están matando, acá al lado, muy cerca de tu país y quizás cerca de tu barrio.
¿Cómo vas a celebrar?